Como cualquier especie que aspire a gobernar el mundo, la abeja de la miel, Apis mellifera, invade nuevos territorios en oleadas repetidas. Un nuevo estudio demuestra que cuando estas abejas llegan a un lugar que ya ha sido invadido, las recién llegadas se benefician de la dotación genética de sus predecesoras.Los investigadores buscaban variaciones diminutas en las secuencias de nucleótidos que componen todos los genes. Ciertas versiones de estos polimorfismos de un único nucleótido (SNPs por sus siglas en inglés) son más comunes en las abejas africanas, mientras que otros aparecen más frecuentemente en las abejas de Europa occidental, Europa oriental, o Asia.Comparando estos SNPs en abejas de diferentes territorios geográficos, y observando la frecuencia con la que variantes particulares aparecen en partes funcionales y no funcionales del genoma de la abeja melífera, los investigadores pudieron determinar que las invasoras no se limitaban a adquirir material genético de sus predecesoras al azar por cruzamientos con ellas, sino que ciertos genes de las abejas previamente introducidas daban una ventaja a las recién llegadas.Un estudio anterior conducido por Whitfield mostró que la A. mellifera se originó en África y no en Asia como algunas hipótesis habían defendido previamente.
Ese estudio reveló que la abeja melífera había extendido su territorio por Eurasia al menos dos veces, dando como resultado poblaciones en Europa oriental y occidental que resultaban bastante diferentes entre sí.El análisis anterior confirmó y extendió también resultados de estudios previos que mostraban que las abejas africanas se habían mezclado con sus predecesoras en América, que básicamente eran de la estirpe europea occidental. Cuando las abejas de la vieja casta europea se mezclaron con las recién llegadas africanas, su descendencia presentaba un aspecto muy similar al de las abejas africanas, y, en la mayoría de los casos, se comportaba también como ellas.Estas más agresivas abejas “africanizadas” (llamadas también “abejas asesinas”) se movieron desde América del Sur hacia el norte. Las primeras abejas africanizadas aparecieron en Texas en 1990. En menos de una década también se habían extendido al sur de California, Arizona, Nevada, y Nuevo México.